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Carta día de la Mujer

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En el Día Internacional de la Mujer regresé a la cárcel…

 

Hace veinticinco años que no pisaba una cárcel. Entre los trece y los catorce años mis actividades dominicales incluían ir a visitar a mi padre, acusado de encubrimiento de evidencia. No son buenos recuerdos. Sentía tedio, vergüenza, angustia…  Mi padre se mostraba sereno, distante, bromeaba sobre sus compañeros de celda con su habitual ironía. Yo sentía que la visita no tenía sentido y era un alivio encontrar una buena excusa para no tener que ir.

Pero ayer volví. Volví con más de cuarenta mujeres para visitar a las presas del CERESO de Atlacholoaya en el Día Internacional de la Mujer (8 de Marzo). Todas vestíamos de blanco. Era un hermoso grupo de mujeres queriendo compartir unas horas del día con otras mujeres privadas de su libertad. Era un día especial porque era un día que nos invitaba a detenernos a pensar en la mujer y honrarla. Queríamos honrar a la mujer que ama, que cuida, que sufre, que viven en cárceles físicas, mentales y emocionales.

Era un día para estar con mujeres y eso hicimos. Logramos pasar el primer puesto de seguridad y posicionarnos a unos cien metros del edificio de mujeres. Ante las miradas inquietas, sorprendidas, burlonas, divertidas y orgullosas de hombres y mujeres que entraban y salían, oramos, meditamos, cantamos y hasta bailamos tratando de conectarnos con las mujeres presas. Tuvimos la suerte de contar con la presencia de un hombre, Evaristo, que nos acompañó y apoyó hablando con las autoridades para que pudiéramos pasar el segundo control de seguridad. Nos situamos afuera del edificio de mujeres para realizar una constelación.

Con esta constelación vimos la culpa que carga el hombre por la situación de la mujer, la preocupación de la sociedad y sobre todo el dolor y abandono de la mujer presa, así como su enorme necesidad de otras mujeres. Las mujeres de la cárcel necesitan ser vistas y acompañadas. Las mujeres reciben menos visitas que los hombres presos, comentó Cécile, y tienen menos abogados a su disposición. Algunas viven con sus hijos y tienen que ver por ellos con muy pocos recursos.

Esta visita fue muy importante para mí, no sólo porque me ayudó a conectarme con otras mujeres y entender su dolor, sino también porque me recordó que tengo una herida por sanar. No puedo ni quiero imaginarme lo que es estar en la cárcel. Solo puedo aceptar que es gente como yo, como mi padre, gente que se equivoca o se sacrifica, gente que ama y que probablemente no se siente amada. No me sirve la indiferencia que pospone el sentimiento, la vergüenza de ver a mi padre en la cárcel, la culpa de estar libre y no querer ir a verlo, el rechazo que la sociedad impone a los que están encarcelados. La indiferencia, la vergüenza, la culpa y el rechazo solo agrandan la herida, alargan la agonía. Solo me sirven la humildad y el amor. Si tengo la oportunidad de regresar, regresaré a la cárcel e intentaré compartir lo que tenga para compartir, aunque solo sea escuchar sus historias y recordar la mía.
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constelaciones

abrazo

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